Deporte derivado en el callejón de los tornados

Traducción de ‘Derivative Sport in Tornado Alley’
de David Foster Wallace
de su libro ‘A supposedly fun thing I’ll never do again’

Cuando abandoné mi municipio encajonado en aquel paisaje agrario de Illinois para incorporarme al alma máter de mi padre en la escabrosa y sobresaliente región de los Berkshires en el Massachusetts occidental, de repente desarrollé un no sé qué por las matemáticas. Empiezo a entender por qué fue así. Las matemáticas en la universidad evocan y purgan la nostalgia del medio-oeste. Yo había crecido dentro de los vectores, de las líneas, y de las líneas a través de otras líneas, de cuadrículas – y, en la escala de los horizontes, en las anchas líneas curvas de fuerza geográfica, en el raro y topográfico remolino de desagüe de un montón de tierra planchada por el hielo, sentada y que gira sobre placas. El área detrás y debajo de estas anchas curvas en la veta entre tierra y cielo, yo sabía trazarla a ojo mucho antes de conocer los infinitesimales como transiciones, y una integral como esquema. Las matemáticas en una escuela en el este rodeada de colinas eran como despertar; desmantelaban la memoria y la iluminaban. El cálculo era, literalmente, un juego de niños.

En la niñez tardía aprendí a jugar al tenis sobre negras pistas asfaltadas en un pequeño parque público tallado en tierra agrícola nitrogenada ya demasiadas veces como para ser cultivada. Esto era en mi pueblo, en Philo, Illinois, una minúscula colección de silos de maíz y casas suburbanas de después de la segunda guerra mundial cuyos residentes nativos hacían poco más que vender seguros para las cosechas, fertilizante nitrogenado, herbicidas, y vivir de impuestos de propiedad recolectados a los jóvenes académicos de la cercana universidad de Champaign-Urbana, cuyas filas crecieron lo suficiente en los opulentos años 60 como para hacer creíble la llamativa frase “comunidad de granja y dormitorio”.

Entre los doce y quince años, yo fui casi un gran jugador de tenis junior. Me inicié competitivamente dando palizas a los hijos de abogados y dentistas en pequeños eventos del club de campo de Champaign y Urbana y pronto acabé con veranos enteros en que se me conducía en los amaneceres hasta torneos por todo Illinois, Indiana, Iowa. A los catorce, yo era el diecisiete de la clasificación de la sección ‘Oeste’ de la (USTA) asociación de tenis de los EEUU (‘Oeste’ era la antigua designación de la USTA para el medio-oeste; más al oeste tenías el sudoeste, el noroeste, y también la sección del pacífico noroeste). Mi flirteo con la excelencia tenística tuvo mucho más que ver con el pueblo donde aprendí y entrené y con una rara inclinación por la matemática intuitiva que con el talento atlético. Yo era, incluso para los estándares de la competición junior donde todos son potencial en estado puro, un jugador de tenis con bastante poco talento. Mi coordinación entre mano y ojo era buena, pero yo no era ni grande ni rápido, tenía el pecho casi cóncavo y las muñecas tan delgadas que las podía rodear entre el pulgar y el dedo meñique, y yo no podía darle a la pelota de tenis ni más fuerte ni mejor que la mayoría de las chicas de mi edad. Lo que yo sí podía hacer era “jugar toda la pista”. Esta era una de esas verdades obvias del tenis que podía significar muchas cosas. En mi caso, significaba que yo conocía mis limitaciones y las limitaciones del espacio donde me encontraba, y me adaptaba en función de ellas. Yo rendía al máximo en malas condiciones.

Ahora, las condiciones en Illinois central son desde una perspectiva matemática interesantes y desde una perspectiva tenística malas. El calor de verano y la humedad de guante húmedo, la tierra tan grotescamente fértil que hace brotar hierba y hojas anchas a través de la superficie de las pistas por pura fuerza, las pequeñas moscas que se alimentan de sudor y los mosquitos que depositan sus huevos en los surcos de los campos y en las zanjas llenas de algas que encajonan cada campo, el tenis nocturno prácticamente imposible por las polillas y jejenes atraídos por las luces de sodio formando un pequeño planeta alrededor de cada alto foco y toda la superficie iluminada de la pista acelerada con pequeñas sombras espásticas.
Pero sobretodo el viento. El factor más influyente en la calidad de vida al aire libre de Illinois central es el viento. Hay más chistes locales de los que yo pueda reunir sobre veletas torcidas y graneros inclinados, más apodos en el sur del estado para llamar a los tipos de viento de los que hay en Malamut para la nieve. El viento tenía una personalidad, un (mal) humor, y, aparentemente, sus propios planes. El viento soplaba las hojas de otoño en líneas intercaladas y arcos de fuerza tan regulares que podías fotografiarlas para un libro de texto sobre la regla de Cramer y los productos cruzados de curvas en tres dimensiones. Moldeaba la nieve y formaba cegadoras porras que enterraban coches paralizados y obligaba a los ciudadanos a desenterrar no sólo las entradas de estacionamiento sino también los laterales de las casas; una tormenta de nieve en Illinois central solamente comienza cuando ha terminado de caer la nieve y empieza a soplar el viento. La mayoría de la gente en Philo no se peinaba porque ¿por qué molestarse? Las señoras llevaban aquellos plásticos sobre sus peinados de peluquería tan frecuentemente que yo creía que eran necesarios para un corte de pelo con verdadera clase; las chicas de la costa este que salían con el pelo suelto y zarandeando me parecían facilonas y desnudas. Viento viento etc. etc.

La gente a la que conozco de fuera destila el medio-oeste hacia un paisaje plano vacío, tierra negra y frondosidad verde o rastrojo de pocos días, suaves subidas y declives que hacen de la topología un ejercicio sádico en el trazado de envolventes, perspectivas de autovías tan iguales y muertas que vuelven locos a los motoristas. Aquellos que son de Indiana, Wisconsin, y del norte de Illinois consideran su medio-oeste como agronomía y mercado de futuros y despanojado de maíz y cuidado de plantaciones de habas y gorras de compañías de semillas, tipos nórdicos comprobados, sidra y mataderos y partidos de football con bancos de niebla blanca de aliento que sale de los cascos. Pero en el extraño bolsillo central que es Champaign-Urbana, Rantoul, Philo, Mahomet-Seymour, Mattoon, Farmer City, y Tolono, la vida del medio-oeste es informada y deformada por el viento. En lo que se refiere al tiempo meteorológico, nuestro municipio está en el lado este de la corriente superior de lo que una vez oí a un estudioso de la atmosfera vestido en tweed marrón llamar una Anomalía Térmica. Algo acerca de rotaciones hacia el sur de aire crujiente desde los grandes lagos y cosas espesas del sur mestizando desde Arkansas y Kentucky, más unas raras cantidades de extraños céfiros desde el valle del Mississippi a tres horas al oeste. Chicago se hace llamar la ciudad del viento, pero Chicago, que es un gran rompevientos, no conoce lo que es un verdadero viento de tipo religioso. Y los meteorólogos no tienen nada que contar a la gente de Philo, que sabe perfectamente bien que la verdadera historia es que al oeste, entre nosotros y las montañas rocosas, básicamente no hay nada de altura, y que los extraños céfiros y brisas y ráfagas unidas y corrientes térmicas y descendientes y lo que haya sobre Nebraska y Kansas y que se mueve al este como arroyos a los ríos y aviones y frentes militares que se aúnan como avalanchas y rugen al revés por los caminos de bueyes de los pioneros, hacia nuestros propios culos desprotegidos. Lo peor era la primavera, la temporada de tenis para chicos en la escuela, cuando las redes se levantaban tiesas como banderas orgullosas y una pelota suelta era soplada directamente a la valla más al este, interrumpiendo el juego en varias pistas vecinas. Cuando soplaba fuerte algunos de nosotros sacábamos una cuerda y le decíamos a Rob Lord, que era nuestro quinto hombre en individuales y era espectralmente delgado, que íbamos a tener que atarlo para que no se convirtiera en un proyectil. El otoño, normalmente algo así como la mitad de malo que la primavera, era un rugido bajo constante y el masivo sonido de chasquidos de los continentes de hojas secas que eran colocados en curvas de fuerza – no había oído nunca nada ni remotamente parecido a estos megachasquidos hasta que a los diecinueve años en la bahía de Fundy en New Brunswick, oí mi primera ola de alta marea romper y luego retroceder sobre una playa de pequeños pedruscos pulidos. Los veranos eran maníacos y turbulentos, y de repente a menudo alrededor de agosto calma total. El viento simplemente moría durante unos días de agosto, y no era ningún alivio; el cesar nos volvía locos. Cada agosto, nos dábamos cuenta de nuevo de cuánto el viento formaba parte de la banda sonora de la vida en Philo. El sonido del viento se había transformado, para mí, en silencio. Cuando desaparecía, me quedaba con el chirrido de la sangre en mi cabeza y el destello auditivo de todos esos pelillos en el oído que tiemblan como un borracho con síntoma de abstinencia. Tardé meses después de mudarme al oeste de Massachusetts en poder dormir bien con el susurro gatuno del sonido del viento en Nueva Inglaterra.

Para el forastero medio, Illinois central parece ideal para los deportes. El terreno, visto desde el aire, sugiere con fuerza un juego de mesa: cuadrados obsesivamente precisos formados por tierra de cosechas parda y caqui cortada y dividida por calles rectísimas de alquitrán (en tierras agrícolas, las calles siguen pareciendo más impedimentos que avenidas). En invierno, el terreno siempre parece azulejos de baño de la marca Mannington, cuadrángulos blancos donde está vacío (nieve), negros donde los árboles y arbustos se hayan sacudido libres en el viento. Desde los aviones, siempre lo veo como el Monopoly o el Life, o un laberinto de laboratorio para ratas; y desde el suelo, los campos desplegados de maíz forrajero y soja, campos surcados con líneas tan rectas que sólo podían ser trazadas por un tractor de marca Allis-Chalmers y un sextante, parecen calles de pistas de sprint o de piscinas olímpicas, pistas marcadas para partidos importantes, llenas de los ángulos y callejones del tenis serio. Mi zona del medio-oeste parece colocada especialmente, como planificada.

Los puntos fuertes del terreno son también sus debilidades. Como parece tan plano, los que diseñan los clubs y parques no suelen aplanarlo a máquina antes de echar el asfalto para las pistas de tenis. El resultado es habitualmente una ligera inclinación que solamente un jugador que pasa mucho tiempo en las pistas puede notar. Porque las pistas de tenis, por motivos de sol y vista siempre se colocan a lo largo del eje norte-sur, y debido a que la tierra en Illinois central se eleva muy suavemente conforme uno se mueve hacia el este hacia Indiana y a la sutil cumbre geológica en algún lugar del este de ese estado que envía a los ríos atrás hacia sus propias fuentes de alimento, la mitad de la pista del golpe de derecha para un diestro que mira al norte siempre parece físicamente cuesta arriba con respecto al revés – en un torneo en Richmond, Indiana, muy cerca de la frontera con Ohio, yo noté que la inclinación estaba invertida. El mismo suelo, que está tan lleno de humus que hay que sobornar a los granjeros para evitar saturar el mercado, mantiene las pistas de arcilla llenas de estramonio y cardos y maíz voluntario, y parte las pistas de asfalto con la presión hacia arriba de hierbajos de hoja ancha cuyas semillas pioneras no se amedrentan ante una cubierta de media pulgada de sellante y piedra. Y así todas, excepto las pistas mejor mantenidas de los distritos más ricos de Illinois, son pequeños paisajes rurales con sus matojos y grietas y charcos de filtraciones subterráneas que forman parte del terreno de juego. La grieta de una pista siempre parece empezar a un lado de la zona de saque y merodear dentro y fuera hacia la línea de servicio. Extendidas en focos como de hojas, las grietas negras, especialmente en contraste con el verde de bosque y con el rojo de granero del espacio fuera de las líneas que marcan el territorio justo, dan a las pistas el aspecto inquietante de zonas llenas de ríos de Illinois, vistas desde lo alto.

Una pista de tenis (23,77 m x 10,97 m) parece desde arriba, con sus rectángulos estrechos de las calles laterales de dobles en toda su longitud, una caja de cartón con las tapas dobladas hacia atrás. La red, que mide 91 cm en su punto medio, divide la pista a la mitad a lo ancho; las líneas de servicio dividen cada mitad de nuevo en otras dos zonas, la de fondo de pista y la cercana a la red. En las dos zonas cercanas a la red, hay líneas que van desde la base del punto medio de la red hasta las líneas de servicio, y éstas separan las zonas de saque izquierda y derecha (6,40 m x 4,11 m cada una). Las divisiones y límites tan tajantemente precisos, unido al hecho de que – aparte del viento y de efectos de giro exóticos – las pelotas sólo pueden trasladarse en líneas rectas, hacen del tenis geometría de planos de libro de texto. Es billar con bolas que no se quedan quietas. Es ajedrez a la carrera. Es a la artillería y a los ataques aéreos lo que el futbol es a la infantería y al desgaste.

Para el tenis, yo tenía dos dones sobrenaturales para compensar mi poco talento físico. Bueno, digamos tres. El primero era que yo siempre sudaba tanto que me mantenía bastante bien ventilado en cualquier situación meteorológica. El exceso de sudor parece una bendición ambivalente, y no supuso algo maravilloso para mi vida social en secundaria, pero significaba que yo podía jugar durante horas en un día de julio caliente como un baño turco y no desfallecer lo más mínimo mientras bebiera agua y comiera cosas saladas entre los partidos. Yo siempre parecía un hombre ahogado a partir del cuarto partido más o menos, pero no me daban calambres, ni vomitaba, ni perdía el conocimiento, como hacían los relucientes chicos de Peoria cuyos peinados ni siquiera perdían la raya ni hasta cuando los ojos se les giraban en la cabeza y caían de frente sobre el hormigón brillante. Otra ventaja aún mayor era que yo me sentía muy cómodo entre líneas rectas. Nada de esa extraña claustrofobia geométrica que convierte a algunos juniors bien dotados en animales de zoo asustadizos después de un rato. Yo me sentía mejor físicamente enredado entre ángulos pronunciados, bisectores agudos, esquinas achaflanadas. Esto era medio-ambiental. Philo, Illinois, es una cuadrícula torcida: nueve calles norte-sur por seis noreste-sureste, cincuenta y una preciosas esquinas inclinadas cruciformes (¡las tangentes de los ángulos de intersección del este y oeste podían ser evaluadas integralmente en función de sus secantes!) alrededor de una zona central del pueblo con tres intersecciones y un tanque que apuntaba al noroeste hacia Urbana, y un hijo nativo petrificado, caído en las playas de Salerno, cuya mano de bronce señalaba el verdadero norte. A media mañana, la estatua del tipo de Salerno tenía un brazo de sombra negro y recortado sobre hierba tan densa que podías hacer un putt; por la tarde el sol galvanizaba su perfil izquierdo y proyectaba la sombra de su brazo acusador hacia la derecha, flexionado con el ángulo de un palo en un estanque. En la universidad de repente se me ocurrió durante un test que el diferencial entre la dirección hacia donde apuntaba la mano y el arco de la rotación de su sombra era de primer orden. En cualquier caso, la mayoría de mis recuerdos de niño – fueran de superficies arrugadas, o de la guardia de centinela de un recolector por la RR104W, o del juego de sombras precisas contra el atardecer en el campo de softball de Legion Hall – yo ya podía reconstruirlas a voluntad con una regla y un transportador.

Me gustaba el afilado encuentro entre líneas rectas más que a los demás chicos con los que crecí. Creo que esto es porque ellos eran nativos, mientras yo fui un trasplantado infantil desde Ithaca, New York, donde mi padre se sacó el doctorado. Así que yo había conocido, incluso horizontalmente y en seminconsciencia siendo un bebé, algo distinto, las altas colinas y las serpentinas carreteras de vía única del norte del estado de Nueva York. Estoy bastante seguro de que mantuve el barullo amorfo de curvas y oleajes como contraste y luz de fondo en algún lugar reptiliano de mi cerebro, porque los niños de Philo con los que me peleaba y jugaba, chicos que ni conocían ni habían conocido ninguna otra cosa, no veían nada destacado ni de otro mundo en el diseño plano del municipio, no valoraban lo nítido. (Excepto, ¿por qué encuentro significante que tantos de ellos acabaran siendo militares, mostrando hábiles caras rectas en trajes azules con pliegues perfectos?)

A menos que seas uno de esos mutantes virtuosos de la fuerza pura, encontrarás que el tenis de competición, como el billar por dinero, requiere pensamiento geométrico, la habilidad para calcular no solamente tus propios ángulos sino también los ángulos de respuesta a tus ángulos. Porque la expansión de respuestas-posibilidades es cuadrática, debes pensar n golpes por adelantado, donde n es una función hiperbólica limitada por el seno hiperbólico del talento de tu oponente y el coseno hiperbólico del número de golpes que llevas en el intercambio hasta ese momento (aproximadamente). Esto se me daba bien. Lo que me hizo durante un tiempo casi extraordinario fue que yo podía también admitir la complicación diferencial del viento en mis cálculos; yo podía pensar y jugar octacalmente. El viento ponía curvas en las líneas y transformaba el juego en tridimensional. El viento hacía un daño masivo a muchos jugadores juniors de Illinois central, particularmente en el período desde abril hasta julio cuando realmente necesitaba litio con urgencia, con una tendencia a soplar sin patrón, con torbellinos y retrocesos y muerte y renacer, a veces soplando en una dirección a nivel de la pista y en otra distinta a tres metros por encima. La precisión en el pensamiento requería que uno dedujera tendencias en porcentajes, empuje, y ángulo de contraataque – precisión que nuestro hombre y otros entrenadores voluntarios de otros municipios sabían tratar en abstracto con tiza y pizarra, atando la pierna de un pupilo a la valla con cuerda para restringir su arco de movimiento en el entrenamiento, colocando cestas de lavandería en distintas esquinas y haciéndonos encestar una tras otra, colocando cinta adhesiva y cajas chinas dentro de las zonas de la pista para ejercicios y para esprintar con el viento – y toda esta preparación teórica salía por la ventana cuando las zapatillas deportivas entraban en pista en un torneo. La pelota mejor planeada y mejor pegada podía simplemente volar fuera por el viento, y ese era el problema básico y sin poesía alguna. Volvía casi locos a los chicos por lo caprichoso e injusto de todo, y en los días muy ventosos estos chicos, a los que normalmente les sobraba talento, les daba el primer berrinche apopléjico con lanzamiento de raqueta incluido en el tercer juego del partido más o menos y quedaban sumidos en una especie de coma sombrío antes del final del primer set, esperando ya que el viento, la red, la cinta, el sol acabara con ellos. Yo, que era conocido con cariño como ‘la babosa’ porque era un mierdecilla zángano en los entrenamientos, encontré mi mayor ventaja tenística en un robótico desentenderme de cualquier injusticia del viento o del tiempo que yo no pudiera prever. No podría empezar a enumerar cuantos partidos de torneos gané entre los doce y los quince años contra rivales más grandes, más rápidos, mejor coordinados, y mejor entrenados, simplemente pegando a las bolas sin imaginación por el medio de la pista en ráfagas esquizofrénicas, dejando que el otro chico jugara con más brío y entusiasmo, esperando a que suficientes de sus ambiciosos tiros que apuntaban cerca de las líneas se curvaran o deslizaran por el viento fuera de la pista verde y de las líneas blancas al crudo territorio rojo que me hacía ganar otro feo punto más. No era ni bonito ni divertido de ver, e incluso con el viento de Illinois yo no habría podido ganar partidos enteros de esta manera si mi oponente no hubiera tenido eventualmente su pequeño ataque de nervios y colapso, debilitado bajo la obvia injusticia de perder contra un superficial tramposillo ‘presionador’ por culpa de las pistas rurales de mierda y el viento podrido que premiaba el automatismo cauteloso en lugar del brío y el entusiasmo. Yo era un jugador impopular, y con razón. Pero decir que yo no utilizaba brío o imaginación no era cierto. Aceptar tiene su propio brío, y se requiere imaginación para que a un jugador le guste el viento, y a mí me gustaba el viento; o mejor dicho sentía que el viento tenía algún derecho básico de estar ahí, y lo encontraba medio interesante, y estaba dispuesto a expandir mi territorio logístico para considerar el efecto devastador que brisas titubeantes de 24 a 48 km por hora que se arremolinan de suroeste a este tendrían sobre mis mejores cálculos de cuan ambiciosa debía ser mi respuesta a la derecha liftada de Pepe Peloperfecto a mi esquina de revés.

La combinación de Illinois de pistas con pústulas, humedad enfermiza y viento requería y premiaba una aceptación casi zen de las cosas como eran, sobre la pista. Gané mucho. A los doce, empecé a acceder a torneos más allá de Philo y Champaign y Danville. Me llevaban en coche mis padres o los de Gil Antitoi, hijo de un profesor de historia canadiense de Urbana, a eventos como el abierto de Illinois central en Decatur, un pueblo construido por y cuyo dueño era la compañía A. E. Staley, y cuyo pestazo a asado de maíz era tan intenso que los niños jugaban con pañuelos atados sobre la nariz y la boca; como el clasificatorio cerrado del oeste en el campus de ISU en Normal, Indiana; como el abierto junior McDonald’s en el serio pueblo de maíz de Galesburg, Illinois, lejos al oeste allá por el río; como el abierto Prairie State en Pekin, Illinois, sede de aseguradoras y de los tractores Caterpillar; como el Midwest Clay Courts en un club privado guay en la pálida versión de Scarsdale en Peoria, Illinois.

Los siguientes cuatro veranos tuve la oportunidad de ver mucho más de Illinois de lo que es normal o saludable, aunque la mayoría de lo que veía eran imágenes borrosas del viaje y de cosechas, mirando entre cabezadas durante amaneceres bruscos y terriblemente incandescentes sobre el pliegue entre los campos y el cielo (además podías ver cualquier pueblo al que te dirigías en el momento en que aparecía sobre la curva terrestre, y la única parte de Proust que realmente me conmovió en la universidad fue la temprana descripción de la relación geométrica del chico con el distante campanario de la iglesia de Combray), viajando en el asiento trasero de grandes coches familiares desde el sábado al alba hasta el domingo al atardecer. Yo mejoré de manera constante; Antitoi, injustamente ayudado por una pubertad temprana, mejoró de manera radical.

A los catorce años, Gil Antitoi y yo eramos de lo mejor de nuestra categoría de edad en Illinois central, casi siempre cabezas de serie uno y dos en los torneos de la zona, capaces de ganar a todos menos un par de chicos hasta de los suburbios de Chicago que, junto con un contingente de Grosse Pointe, Michigan, solían dominar la clasificación regional del oeste. Ese verano el mejor jugador de catorce años del país era un chaval de Chicago, Bruce Brescia (cuya inclinación hacia el uso de gorras de tenis flexibles y blancas, calcetines bajos con bolitas en los tobillos, y chalecos-suéteres de espeluznante color pastel mostraba tendencias que nacerían en mí al cabo de unos años más), pero Brescia y su secuaz, Mark Mees de Zanesville, Ohio, no se molestaban en jugar más que los Midwestern Clays y algunos eventos bajo techo en el condado de Cook, estando demasiado ocupados volando hacia cosas como los Pacific Hardcourts en Ventura, California, y Junior Wimbledon y todo eso. Yo jugué contra Brescia una vez, en cuartos de final de un torneo bajo techo en el Rosemont Horizon en 1977, y el resultado no fue bonito. Antitoi consiguió ganarle un set a Mees en los clasificatorios nacionales un año. Ni Brescia ni Mees llegaron a ser profesionales; no sé qué fue de ellos después de los dieciocho años.

Antitoi y yo campábamos sobre el mismo territorio de competición; él era mi amigo y enemigo y mi cruz. Aunque yo había empezado a jugar dos años antes que él, él era más grande, más rápido, y básicamente mejor que yo a los trece años, y pronto yo estaba perdiendo contra él en las finales de prácticamente todos los torneos que yo jugaba. Eran tan diferentes nuestras apariencias y enfoques y visiones completas que tuvimos algo así como una rivalidad épica del 74 hasta el 77. Yo me hice tan profético en el uso de estadística, superficie, sol, ráfagas, y una especie de grito de ánimo estoico que se me veía como un sabio físico, un niño chamán del viento y del calor, que podía estar jugando siempre, enviando de regreso bolas lunares barrocas con efecto. Antitoi, que nunca fue nada complicado, le pegaba unas hostias inhumanas a todo objeto redondo que se le aproximaba, apuntando siempre a una de las dos esquinas del fondo de la pista. Él era ‘el bateador’; yo era ‘la babosa’. Cuando él estaba encendido, cuando tenía un buen día, barnizaba la pista conmigo. Cuando él no estaba al máximo (y las horas que pasamos David Saboe de Bloomington y Kirk Riehagen y Steve Cassil de Danville meditando y en seminario para descubrir qué variables de dieta, sueño, romance, viaje en coche, e incluso color de calcetines eran factores en la ecuación del estado de ánimo y nivel de Antitoi cada día), él y yo jugamos grandes partidos, verdaderos maratones chupa-vientos. De once finales que jugamos en 1974, yo gané dos.

El tenis junior del medio-oeste fue también mi iniciación a la verdadera tristeza adulta. Yo había desarrollado algo así como un orgullo sobre mi habilidad taoística para controlar a través del no control. Había establecido una religión particular del viento. Hasta me gustaba ir en bici. Muy poca gente en Philo tenía bici, por razones de viento obvias, pero yo encontré un modo de ir como fijando atrás y adelante contra un viento fuerte, sosteniendo extendido un libro ancho a mi lado a unos 120 grados de mi ángulo de empuje – El arte del ingeniero de Bayne y Pugh y El lenguaje de la mano de Cheiro demostraron ser las mejores aspas – y así con imaginación y brío y ánimo estoico podía no sólo neutralizar sino utilizar una racha que te da en la cara para ir en bici. De un modo similar, a los trece años había encontrado la manera de no solamente acomodarme a ello sino de utilizar los pesados vientos del verano en los partidos. Ya no era sólo hacer alunizar la pelota en pleno centro para dar mucho margen al error y al viraje, ahora era capaz de utilizar las corrientes de un modo parecido a como el lanzador en béisbol usa el escupitajo. Yo podía golpear curvas lejos hacia las brisas cruzadas que dejaban caer la pelota perfectamente dentro; yo tenía un servicio ventoso especial con tanto efecto que la bola se hacía ovalada en el aire y se curvaba de izquierda a derecha como una serpiente inteligente y entonces invertía su arco al botar. Desarrollé el mismo tipo de sensibilidad autónoma con lo que el viento haría a la pelota que tiene un camionero para saber cambiar de marchas. Como jugador de tenis junior, yo fui durante un tiempo un ciudadano del mundo físico concreto de una manera en que los demás chicos no eran, yo sentía. Y me sentí traicionado más o menos a los catorce años cuando tantos de estos simples niños azotadores se hicieron de repente altos hombretones, con súbitos montones de pelos en los muslos y pelillos sobre los labios y arterias salidas en los antebrazos. En mi decimoquinto verano, los chicos a los que yo ganaba fácilmente el año anterior de repente me parecían abrumadores. Perdí dos semifinales, en Pekin y Springfield en 1977, en eventos en los que yo había ganado a Antitoi en las finales de 1976. Mi padre casi me hinca de rodillas después de la derrota en Springfield contra un chaval de las ciudades Quad cuando me dijo, intentando consolarme, que aquello había parecido un niño jugando contra un hombre. Y los otros chicos también notaron que me pasaba algo, se olían que algo fallaba en aquel extraño entendimiento que yo había tenido con los elementos: mi habilidad para ajustar y diseñar el exterior se veía minada por el mal funcionamiento de algún reloj de alarma interno que yo no entendía.

Lo menciono principalmente porque mucha de mi energía psíquica comunal del medio-oeste era alimentada por el crecimiento y la fertilidad. El ángulo agronómico era obvio, considerando que mi municipio entero dependía de semillas, dispersión, altura, y cosecha para su base de impuestos. Algo de aquel obsesivo pesar y medir y proyectar de los adultos, ese especial cálculo de empuje y crecida, se filtró dentro de nuestras pequeñas cabezas de niños con gorras y pañuelos en aquellos campos y diamantes y pistas de nuestros especiales intereses. En 1977 yo era el único de mi grupo de amigos atletas con la virginidad intacta. (Esto lo sé a ciencia cierta, y solamente porque estos tíos son ahora profesores de escuela y hombres de negocio y aseguradores con familias y estatus que proteger no compartiré con vosotros cómo lo sé.) Yo me sentía, conforme iba floreciendo tan tarde, alienado no solo de mi recalcitrante y pequeño cuerpo sin pelos, sino de algún modo también del exterior elemental en su totalidad que yo había llegado a considerar mi co-conspirador. Yo sabía, de alguna manera, que la llamada a la altura y al pelo venía del exterior, de aquello, fuera lo que fuera, aparte de Monsanto y Dow, que hacía crecer el maíz, que ponía en celo a los cerdos, que suavizaba el viento cada primavera y mantenía el olor a estiércol del campo de habas al norte entre nosotros y Champaign. Mi vocación se atenuó. Sentía que ya no era lo mío. Empecé a sentir el mismo resentimiento hacia cualquier niño tan abstracto como la naturaleza que yo sabía que Steve Cassil sentía cuando un golpe en aproximación bien pensado por la línea de derecha volaba fuera por el viento, que yo sabía que Gil Antitoi sufría cuando su bonito servicio (él era el único chico de primer nivel de las lentas pistas llenas de hierba del municipio que jugaba a servicio y volea desde el principio, que es el motivo por el cual tuvo tanto éxito en los cementos lisos de la costa oeste cuando se fue allí a jugar para la universidad Cal-Fullerton) se veía comprometido por el sol: él era tan alto, y tan cabezota en no querer ajustar su lanzamiento de alto servicio de libro de texto según las condiciones solares, que servir del lado norte de la pista en partidos a primera hora de la tarde siempre le llenaba los ojos de manchas violetas, y seguía el punto torpemente, azotando y malhumorado. Esto era en aquellos tiempos en que las gafas de sol no se usaban en la pista.

Pero a lo que iba es que yo empecé a sentir lo que ellos habían sentido. Empecé, muy silenciosamente, a despreciar mi lugar físico en el gran esquema, y este resentimiento y amargura, una especie de lento pudrir de las raíces, es un gran motivo por el cual ya nunca volví a clasificarme para los campeonatos del sector después de 1977, y por qué acabé en 1980 casi fuera del equipo en una universidad más pequeña que la escuela secundaria de Urbana mientras chicos a los que había ganado y a los que entonces envidiaba jugaban al tenis becados en Purdue, Fullerton, Michigan, Pepperdine, e incluso – en el caso de Pete Bouton, que creció quince centímetros y cuarenta puntos de cociente intelectual en 1977 – la venerada universidad de Illinois en Urbana-Champaign.

Enajenación-del-medio-oeste-como-cuadrícula-de-fertilidad quizá suene algo tirando a sobremetafísico, por no decir auto-compasivo. Este era el momento, después de todo, cuando descubrí las integrales definidas e indefinidas y encontré mi identidad pasando de atleta a obsesionado por las mates en cualquier caso. Pero también es verdad que toda mi carrera de tenista en el medio-oeste maduró y luego degeneró bajo los auspicios del principio de Peter. En y alrededor de mi municipio – donde las pistas eran rurales y los presupuestos bajos y las condiciones tan extremas que los mosquitos sonaban como trompetas y las abejas como tubas y el viento como un fuego de cinco alarmas, que teníamos que cambiar de camisetas entre juegos y usar nuestros botes de agua para enjuagar de nuestros brazos y cuellos la paja que llegaba volando y llevábamos pastillas de sal en contenedores de caramelos – yo era realmente casi extraordinario: yo “jugaba toda la pista”; yo estaba en “mi elemento”. Pero todos los torneos más importantes, los eventos en los que mi excelencia rural era una servidumbre, se jugaban en otro mundo verdadero: las superficies de las pistas se rehacían cada primavera en el centro de tenis de Arlington, donde el clasificatorio junior nacional se llevaba a cabo en nuestra región; el verde del territorio de juego de esas pistas era tan vivo que distraía, su superficie tan nueva y dura que te machacaba los pies a través de las zapatillas, y tan libre de fallo, inclinación, raja, o borde que era totalmente desorientador. Jugar en una pista perfecta era para mí como chapotear en aguas lejos de cualquier vista de tierra: yo no sabía nunca donde estaba allí fuera. El torneo por invitación junior de Chicago de 1976 tuvo lugar en Lincolnshire’s Bath and Tennis Club, cuya enorme madriguera de treinta y seis pistas estaba rodeada de molestas lonas verdes de plástico atadas a todas las vallas, con pequeñas ranuras de arquero en ellas a la altura de los ojos para dar alguna noción paródica de visión para espectadores. Estas lonas eran parabrisas Wind-B-Gone, patentadas por la buena gente de Cyclone Fence en 1971. Ciertamente reducían lo peor de las ráfagas injustas, pero también parecían robarle el aire nuevo al espacio de la pista: competir en Lincolnshire era como jugar en el fondo de un pozo. Y luces azules atrapa-moscas adornaban los postes de luz cuando los torneos importantes de medio-oeste se jugaban hasta la noche: no había nubes de jejenes entorno a la cabeza ni sombras angulosas de polillas a distinguir del vuelo de las pelotas, pero había un muy desagradable sonido como eléctrico de frito de moscas decomisadas en la altura; no me detendré a comentar el olor. A lo que iba es que yo no era el mismo, de alguna manera, sin deformidades alrededor de las cuales jugar. Ahora estoy pensando que el viento y los insectos y los agujeros formaban para mí una especie de límite interior, mi propio juego de líneas. Cuando llegaba a un cierto nivel de facilidades en un torneo, se me discapacitaba porque yo era incapaz de acomodarme a la ausencia de discapacidades que acomodar. Si es que eso tiene algún sentido. Aparte de la ansiedad de la pubertad y la enajenación material, mi carrera en el tenis del medio-oeste se aplanó en el momento en que vi mi primer parabrisas.

Aun extrañamente deseoso de hablar del tiempo, dejadme deciros que mi municipio, de hecho todo el Illinois del este y central, es una parte orgullosa de lo que los meteorólogos llaman el “callejón de los tornados”. Con incidencia de tornados completamente fuera de proporción estadística. Yo personalmente he visto dos a nivel de suelo y cinco arriba, intentando ensamblarse. Los tornados elevados en el aire son grises y blancos, son más como convulsiones en las nubes de tormenta que algo realmente separado o que sobresalga independiente de ellas. Los tornados a ras de suelo son negros simplemente por las toneladas de tierra que chupan y hacen girar. La grotesca frecuencia de tornados entorno a mi municipio es, según me dicen, una función de las mismas variables que causan nuestros vientos civiles: somos una coordenada donde frentes y masas de aire convergen. La mayoría de los días de final de marzo a junio hay avisos de tornado en algún lugar de la pantalla en nuestros canales de televisión (ponen un pequeño símbolo gráfico en la esquina superior derecha, como unos prismáticos para un aviso y la torre de la carta del tarot para una alerta, o algo así). Los avisos quieren decir que las condiciones son adecuadas y tal y tal, que ya ves, tú mismo. Sólo las raras alertas de tornado que requieren un avistamiento confirmado por alguien de reconocida sobriedad hacen saltar las alarmas de defensa civil. La sirena en lo alto de la escuela intermedia de Philo tenía distinto tono y ciclo a la del sur de Urbana, y las dos se entretejían en un canto o lamento abominable. Cuando sonaban las sirenas, las familias nativas iban a sus sótanos de almacenaje de latas o a sus refugios antiatómicos (no es broma); las familias académicas en sus brillantes casas prefabricadas con sus nuevos céspedes y sus cimientos de losa plana iban con cualquier amuleto de la buena suerte que pudieran agarrar al punto más céntrico de la planta baja tras haber abierto cada ventana para evitar una implosión por la caída repentina de presión. Para mi familia, el punto más céntrico era un pasillo entre el estudio de mi padre y el armario de la ropa de cama, con una reproducción de una escena flamenca de la anunciación en una pared y un estallido de sol azteca en bronce que colgaba con masa guillotínica de la otra; yo siempre intentaba maniobrar a mi hermana hasta debajo del sol azteca.

Si había una verdadera alerta cuando estabas fuera y lejos de casa – digamos en un torneo de tenis en algún parque público perdido de la mano de dios en un límite de ciudad elegido para el esparcimiento – debías recostarte boca abajo en la depresión más profunda que encontraras. Como las únicas depresiones o puntos bajos alrededor de las zonas de los torneos eran las zanjas de irrigación y escorrentía que rodeaban campos cultivados, cunetas asquerosas con algas y mosquitos y siempre nauseabundas con lo que parecían convenciones de serpientes y básicamente lugares donde un hombre pensante no se recuesta boca abajo bajo ninguna circunstancia, prácticamente lo que se hacía en una alerta en un torneo era cubrir las raquetas y correr hacia los seres queridos o incluso hacia los que solamente te caían bien y básicamente arremolinarse disimulando la posibilidad de perder el control de tu esfínter. Las madres tendían a veces a lamentarse y a agarrar cabezas de niños y llevárselas a sus pechos (la señora Swearingen de Pekin era particularmente famosa porque agarraba hasta las cabezas de niños desconocidos y se las llevaba a sus formidables senos).

Menciono los tornados por motivos directamente relacionados con el objetivo de este ensayo. Eran una parte importante de la niñez en el medio-oeste, porque de niño yo estaba obsesionado y atemorizado por ellos. Mis primeras pesadillas, las que no eran protagonizadas por robots de kilómetro y medio de los de Perdidos en el espacio con mazos de croquet (no preguntéis), tenían sirenas chillonas y cielos blancos como la muerte, un delgado monstruo en el horizonte hacia Iowa, que emerge más sauriano que fálico del cielo bajo, a latigazos de atrás a delante con tal frenesí que casi se doblaba en sí mismo, intentando comerse su propia cola. Lanzando paja y polvo y sillas; nunca se acercaba más que el horizonte; no hacía falta.

En la práctica, los avisos y las alertas parecían tener una especie de cualidad del cuento del niño y el lobo para los nativos de Philo. Simplemente ocurrían demasiado a menudo. Los avisos parecían especialmente irrelevantes, porque siempre podíamos ver tormentas que avanzaban desde el oeste, y para cuando estaban sobre, digamos, Decatur por ejemplo, podías ya diagnosticar la condición básica por el color y la altura de las nubes: cuanto más altas las cabezas de tormenta con forma de yunque, más posibilidad de granizo y alertas; nubes de color negro cerrado eran mejor noticia que nubes grises con toques de extraño blanco nacarado; cuanto más corto era el intervalo entre el relámpago y el trueno, más rápido se movía el sistema, y cuanto más rápido se movía, peor: como la mayoría de las cosas que pretenden hacerte daño, las tormentas eléctricas severas son rápidas y sin contemplaciones.

Yo sé por qué mantuve esa obsesión al hacerme mayor. Los tornados eran, para mí, una transfiguración. Como todos los vientos serios, ellos eran la coordenada z de nuestra pequeña extensión de planos, un paso hacia arriba a partir de la monotonía euclidiana del surco, carretera, eje, y cuadrícula. Estudiamos los tornados en secundaria: un anticiclón canadiense se dirige en línea recta al sudeste desde las Dakotas; una masa húmeda y tibia sube despacio hacia al norte desde Arkansas por ejemplo: el resultado no es un ‘GreChi’ ni siquiera un ‘CartesiGammat’ una cuadratura del círculo, un rizado de vectores, un concavarse de curvas. Era alquímico, Leibniziano. Los tornados eran, en nuestra parte de Illinois central, el punto sin dimensión en el que se encontraban las líneas paralelas y se arremolinaban y explotaban. No tenían ningún sentido. Las casas no explotaban hacia fuera sino hacia dentro. Los burdeles se salvaban mientras el orfanato en la puerta de al lado era arrasado. Se encontraba ganado muerto a cinco kilómetros de su ensilado sin un rasguño. Los tornados son omnipotentes y no obedecen a ninguna ley. La fuerza sin ley no tiene forma, sólo tendencia y duración. Creo ahora que yo sabía todo esto de niño sin saberlo.

La única vez que quedé atrapado en lo que podía ser un verdadero tornado fue en junio del 78 sobre una pista de tenis en Hessel Park en Champaign, donde entrenaba una tarde con Gil Antitoi. Aunque yo era un oponente de torneo deleznable y despreciado, se me apreciaba como compañero de entrenamiento porque yo podía trasladar las bolas a donde quisieran con la constancia repetitiva de una máquina. Ese día en concreto debía llover a la hora de cenar, y un par de veces creímos oír los irregulares cantos lejanos de un par de sirenas al oeste hacia Monticello, pero Antitoi y yo nos ejercitábamos religiosamente cada tarde de esa semana sobre el lento material arcilloso Har-Tru de Hessel, intentando prepararnos para un bestial torneo sobre arcilla en Chicago donde se rumoreaba que estarían también Brescia y Mees. Hacíamos ejercicios en mariposa – mi derecha desde el fondo seguía la línea hasta el revés de Antitoi, él la cruza hacia mi revés, yo se la envío siguiendo la línea a su golpe de derecha, cuatro ángulos de 45 grados, aunque la intersección de sus tiros cruzados hacen una X, que son cuatro de 90 grados y también un crucifijo que rota el mismo cuarto de giro que una esvástica (que tiene ocho ángulos de 90) sobre banderines hitlerianos. Estas eran el tipo de cosas que se me pasaban por la cabeza mientras entrenaba. El parque Hessel tenía un pesado olor a queso debido a la enorme fábrica de Kraft en el límite oeste de Champaign, y tenía maravillosas y suaves pistas de Har-Tru de un tan profundo color pino que el vuelo de las pelotas fluorescentes se mantenían en tu pantalla visual unos segundos más, dejando huellas, y por eso es que los ángulos y jeroglíficos involucrados en el ejercicio en mariposa parecen importantes. Pero el punto crucial aquí es que las mariposas son fundamentalmente un ejercicio de acondicionamiento: ambos jugadores deben ir de un lado de la pista al otro entre cada golpe, y una vez que el dolor inicial y el chupado de viento acaban – suponiendo que eres un chaval que está en un estado de forma absurdo porque pasa un número de horas incontable saltando a la comba o corriendo largos hacia atrás o haciendo ejercicios en estrella entre las esquinas de la pista o sprints de ida y vuelta por las perfectas zanjas de los primeros campos de habas cada mañana – una vez que los primeros dolores y fatiga de las mariposas han pasado, si los dos tipos son lo suficientemente buenos para que haya pocos errores no forzados que interrumpan el intercambio, se abre una especie de estado de fuga y trance dentro de ti donde tu concentración se enfoca hacia un punto quieto y pierdes conciencia de tus extremidades y del suave ruido del deslizar de tu zapatilla (debes deslizar tras correr sobre superficie Har-Tru) y de cualquier cosa más allá de las líneas de la pista, y así prácticamente todo lo que conoces en ese momento es la bola brillante y el delineado en mariposa octángula de la huella sobre la pista verde de billar. Tuvimos un casi infinito intercambio y yo había abandonado el planeta de un plumazo silencioso interior cuando la pista y la pelota y la huella de mariposa todas parecieron encenderse brillantemente y resplandecían mientras la luz del día simplemente se apagaba en el cielo sobre nosotros. Ninguno de los dos había notado que no había viento soplándonos esa habitual arenilla en los ojos desde hacía varios minutos – una mala señal. No había sirenas. Luego dijeron que el sistema de la red de alertas de defensa civil había fallado. Era el 6 de junio de 1978. La temperatura del aire cayó tan rápido que sentías como se te erizaban los pelos. No había ni trueno ni movimiento de aire. No podría deciros por qué seguimos pegando golpes. Ninguno de los dos dijo nada. No había sirenas. Era pleno mediodía; no había nadie más en las pistas. El corta-césped montable al este en el campo de softball seguía su curso de ida y vuelta. No había depresiones excepto una zanja putrefacta por el campo del nuevo maíz al oeste. ¿Qué podíamos haber hecho? El aire siempre huele a hierba cortada antes de una mala tormenta. Creo que pensábamos que llovería en el peor de los casos y que jugaríamos hasta que empezara y entonces nos iríamos a sentar al coche de los padres de Antitoi. Lo que sí recuerdo es una obscenidad mental – yo tenía cuerdas de tripa natural en mis raquetas, cuerdas que eran gratis para todos los que teníamos una buena clasificación regional por dejar que el representante de Wilson pintara una W con spray en la cara de la raqueta, así que eran gratis, pero me gustaban las cuerdas particularmente de esta raqueta, me gustaban apretadas pero no muy apretadas, 62-63 psi de presión con un encordador marca Proflite, y la tripa se hace pasta si se moja, pero estábamos los dos en ese estado de fuga que provoca el estar exhaustos a base de repetición, un estado de fuga que he decidido que yo buscaba siempre que jugaba al tenis, un estado de fuga que yo asociaba también con el arado y el sembrado y el despanojado y repartir herbicidas en idas y vueltas en función de centinela por líneas perfectas, arriba y abajo, o como marcha militar sobre la plana y negra superficie de asfalto, hipnótico, un estado mental a la vez plano y exuberante, entumecedor pero aun así de un placer exquisito. Éramos jóvenes, no sabíamos cuando parar. Quizá yo estaba enfadado con mi cuerpo y le quería hacer daño, desgastarlo. Y entonces todo el campo, alto hasta la rodilla, al oeste por la avenida Kirby de repente se aplana en una ola que viene hacia nosotros como si por encima del campo pasara una apisonadora. Antitoi se fue hacia el oeste para dar un derechazo cruzado y vi como el maíz se tumbaba en olas y los árboles en un bosquecillo lineal apuntaban hacia nosotros. No había embudo. O acababa de materializarse y había bajado o no era uno de verdad. Los grandes y pesados asientos del columpio industrial salieron volando, enrollándose con sus cadenas sobre la barra horizontal superior; la hierba del parque estaba aplastada igual que aquel campo; todo ocurrió tan rápido que nunca había visto algo así; recordaba esa peli de la bomba H de Bimini con la onda expansiva visible en el mar al acercarse al equipo de rodaje sobre el barco. Todo esto pasó muy rápido pero en progresión serial: campo, árboles, columpio, hierba, y entonces la sensación de levantamiento como por el guante más grande del mundo, las redes de repente suben sexualmente y se ponen tiesas, y yo creo recordar haber cogido una bola de la mano y golpearla hacia Antitoi para ver su radical curva oeste-este, y por algún motivo intentar correr detrás de esa bola que acababa de golpear, pero yo no podía haber corrido detrás de una bola que acababa de golpear, pero recuerdo el poderoso y delicado empuje hacia arriba en los muslos y la bola curvándose hacia atrás más cerca y yo superándola en vuelo por encima de la red horizontal, sin tocar tierra con los pies durante unos quince metros, como un dibujo animado, y entonces había paja y mugre en el aire por todas partes y tanto Antitoi como yo volamos soplados como molinillos juro que unos quince metros debieron ser hasta una valla de la siguiente pista, la valla más al este, dimos tan fuerte en la valla que cayó a medias, y se quedó fija en 45 grados, a Antitoi se le desprendió una retina y tuvo que llevar aquellas extravagantes gafas tipo Abdul Jabbar durante el resto del verano, y la valla tenía dos abolladuras con forma de cuerpo como en los dibujos animados cuando la cara del tipo deja marcada su forma en la sartén que le pega, dos máscaras de receptor de béisbol en la valla, los dos teníamos profundas líneas cuadrangulares impresas en la cara, en el torso, en la parte delantera de las piernas, por culpa de la valla, mi hermana decía que parecíamos gofres, pero ninguno de los dos sufrió daños mayores, y ninguna casa fue arrasada – o esa cosa simplemente ascendió de nuevo sin motivo justo después, a veces hacen eso, sin obedecer regla alguna, sin seguir una línea, brincan arriba y abajo como si fuera a voluntad, o eso no era uno de verdad. El tenis de Antitoi siguió mejorando después de eso, pero el mío no.

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